Beberemos algo digno, dijo.

sopar
El otro día fui cenado con unos conocidos. No nos veíamos desde hacía tiempo y llegamos al restaurante hablando tumultuosamente, con la precipitación que asalta a los que, a pesar de no verse con frecuencia, se recuerdan y aprecian. Los motivos de conversación se mezclaban, confundidos en un mar de palabras. No nos habían tomado todavía el pedido cuando uno de nosotros mandó destapar un vino exquisito y prestigioso. «Mientras esperamos, beberemos algo decente«, dijo.
La conversación cambió por completo. Ya sólo se habló de vinos. Uno celebraba la fermentación en depósitos de aluminio inoxidable, otro sostenía que es imprescindible la crianza en barricas de roble»mejor húngaro que francés«. Si uno defendía tal variedad de uva, el otro le contestaba que un buen vino es antes que nada expresión de la tierra. Pontificaba un tercero: «Lo que distingue a un vino es la edad de la viña: o cepas viejas o nueces«. Hablaban sólo unos pocos, pero tenían grandes ideas vínicas para defender. El encuentro había tomado un cariz primido. Predominaba, ya no el afecto, sino una prurito personal que, entre amigos, no acostumbra a manifestarse. Afloraron los tics sociales más en voga: agresividad, envidia, dogmatismo. Antes de tomar nota, el camarero tuvo que soportar una discusión deplorable. Lo que había comenzado como un encuentro entrañable derivó en ridículas trincheras. Unos exigían vinos ligeros, de bouquet fácil: agradables, sedosos, embotellados en bodegas de prestigio. Otros, huyendo de las convenciones, exigían vinos con personalidad: densos, con fuerte huella mineral, embotellados en pequeñas bodegas.
Mientras compartía vergüenza con el camarero y con otros estupefactos compañeros de mesa, pensé varias cosas. Para no exhibir más pesimismo de lo recomendable, explicaré sólo dos. Primera. Que también los placeres cotidianos se idealizan.
Pocos años atrás, lo que las ideologías separaban podía recostarse gracias a una llana trivialidad, pero de un tiempo a esta parte también las trivialidades se contaminan. Esto es claramente visible, al margen de la excéntrica cena que les explico, en el fútbol actual. El fútbol era un tema de conversación ideal para situaciones comprometidas. Incluso en el ascensor, entre desconocidos. La rivalidad entre seguidores era una forma simpática y, naturalmente, irónica, de compañerismo. Ahora el fútbol es una fábrica de odio. Las ideas abstractas todo lo envenenan en esta época de crisis. Será porque, como alguien dijo, si una idea no es peligrosa no merece ser calificada de idea. Lo segundo que pensé es que quizá esa cena, tan excitada y frontista, animará nuestra relación. El insomne ​​Cioran sostenía que, puesto que la amistad es incompatible con la verdad, el único diálogo que vale la pena es lo que mantenemos con nuestros enemigos.
Artículo extraído de la Vanguardia, autor Antoni Puigverd
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