La desconfianza del consumidor.

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A veces el cliente desconfía, y no es para menos, ya que vivimos en el país de los listos y de los espabilados, y demasiado a menudo, en el país del engaño. Y desconfiamos de los talleres mecánicos, de los reparadores a domicilio, del dentista, de los vendedores del Corte Inglés, del panadero, del fontanero, de ciertos restaurantes… y un largo etcétera, porque demasiadas veces, nos lo han jodido.
Hablaba recientemente, con un cocinero que trabajó en el restaurante del palco del pescado de Arenys, y me contó una anécdota que ilustra muy bien, parte de la gastronomía y de la llamada cultura gastronómica de un país.
En el restaurante del palco tienen un vivero donde el cliente, puede escoger el marisco vivo, y después le cocinan.
Hace unos años tuvieron un problema, que llegó a ser un gran maldito. Resulta, que los señores de Barcelona que iban a comer langostas y bogavantes, escogían el marisco vivo de la pecera, y después, una vez que lo probaban en el plato, lo encontraban de diferente gusto al que estaban acostumbrados a Barcelona ciudad y alrededores. Y empezaron a quejarse ya acusar de que el marisco que les servían era congelado. Y las quejas se empezaron a multiplicar hasta convertirse en un auténtico problema, una fuente importante de conflictos y discusiones, ya que evidentemente, el restaurante defendía que el marisco que servía era siempre fresco y buena calidad. Hasta que a alguien del equipo del restaurante halló una solución tan simple como sencilla; cuando el cliente escogía un bogavante o una langosta viva de la pecera, se le llevaba el marisco vivo a la mesa y se le rompían las antenas. El cliente se las quedaba y el marisco iba hacia la cocina. Cuando después una vez cocinado, se le servía al cliente, éste podía comprobar si las antenas coincidían con el marisco vivo escogido. Así de simple. Y de vez en cuando, se acabaron todos los problemas. Cuando en realidad el problema estaba en otra parte. El cliente que subía al palco, resulta que estaba acostumbrado a comer marisco congelado (en restaurantes supuestamente buenos de BCN), y cuando le ponían uno fresco, lo encontraban diferente, porque estaban acostumbrados al gato por liebre que hasta entonces les había sido dado. De tal manera, que cuando cataban un marisco bueno, no lo sabían reconocer ni valorar porque estaban acostumbrados al congelado. Sí, así de triste.
Esto me ha recordado mi fugaz paso (ni tres semanas) como maître de un restaurante de pescado en el que practicaban esta técnica, la del engaño. Los clientes escogían el marisco vivo de la pecera y después en cocina, aquellas langostas eran sustituidas por unas congeladas, y cuando el restaurante estaba vacío, volvían las langostas vivas a la pecera. Cuando lo descubrí, y me di cuenta de que absolutamente todo el pez de la carta era congelado, lo encontré insultante.
Por eso me ha gustado mucho esta certificación del marisco a partir de las antenas, y sugiero vivamente que siempre que vaya a un restaurante de marisco practique la rotura de antenas, a menos que tenga plena confianza en el establecimiento.
En Vigood , nunca os daremos gato por liebre.

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