Comida por los ojos

Me explicaba una persona, que hace unos días estuvo en una sencilla pensión, de un minúsculo pueblo de Cataluña. El ama de la casa, una cariñosa mujer mayor, hacía una cocina casera, y el ambiente, bucólico, era amistoso, familiar, de contacto muy cercano.
Para el almuerzo, uno de los platos que comió llevaba unos guisantes (estamos en enero) que, imbuido, encontró buenísimos, y así se lo dijo a la mujer:
¡Maestra! ¡Estos guisantes son muy buenos!
Hombre, ¿verdad que lo son – afirmó la mujer– piense que yo sólo los compro Findus!
Recuerdo hace años, en una fiesta familiar con mucha familia, un tío al ver el cava que había, en un pequeño corro de gente, en voz baja dijo que no lo conocía ese cava, que no sabía qué tal era.
Otro tío que estaba al lado dijo: ¡oh, es caro eh, este cava: es caro!.
El cava en cuestión era un Duque de Foix, de la cooperativa Covides, de San Sadurní de Noia, con un precio inferior a 4€. ¿Por qué este tío dijo que el cava era caro? Pues por qué como estábamos en casa de una persona con dinero, dio por hecho, que el cava tenía que ser caro.
A esto se le llama comida por los ojos; o dicho de otra forma, que el entorno, nos condiciona y nos influencia a la hora de emitir una valoración.
Y también, no hace falta decirlo, que bebemos por los ojos. Si nos enseñan una botella que en la etiqueta pone Carrefour, o bien pone Vega Sicilia, esto nos condiciona antes de abrirla. Exista lo que haya dentro.
Ahora estamos atravesando un momento que parece, que todo lo ecológico, que es natural, que no lleva sulfuroso, que es de km 0, que es de proximidad, ahora, parece que todo eso es buenísimo por fuerza. Y a veces sí, que lo es bueno, pero a veces, muchas, eso no vale nada. Por más hippie que sea el personaje que lo haya hecho y por más sensible que haya estado con el medio ambiente. Si algo no vale nada, no vale nada. Aunque lo envuelvas con un aura excelsa.
Un conocido distribuidor de vinos, un día comentaba que estando en Madagascar y, invitado por otra persona, estaba bebiendo un vino infecto, pero el entorno era tan bonito, tan especial, que incluso le pareció bueno.
Me parece bonito, incluso simpático, que la magia del entorno pueda condicionarnos. Tiene su encanto; pero, alerta, debemos ser conscientes de ello, para poder valorar lo que nos metemos en la boca. Sea lo que sea.

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