Percibir la percepción

sense
El olfato es el sentido más fácil de ofender. Retrocedemos ante el olor a podrido por una asociación ancestral que nos protege de los alimentos en mal estado. En cambio, apresuramos el paso con ilusión tras el rastro de un aroma a tostado o ahumado. Quizás sea la reliquia de una época donde la búsqueda del fuego era una obsesión de vida o muerte. Con el fuego se puede pernoctar con seguridad en medio de la sabana, la dieta se multiplica…el tostado, eso si, debe ser suave para no convertirse en olor a quemado, un olor que provoca la fuga de toda clase de criaturas.    
 
Para vivir debemos percibir. La percepción comienza en el mundo físico de la luz y de las partículas, entra por el fisiológico de la piel, mucosas y órganos diversos, se procesa en el mundo cerebral y culmina en una compleja emoción psicológica. Sabemos mucho del mundo físico, algo del fisiológico, poco del cerebral… y casi nada de las emociones.
Existen cinco combinaciones basadas en uno solo de los cinco sentidos. (el cristal de la vitrina solo deja pasar la vista; los guantes de látex del cirujano solo dejan pasar el tacto; los auriculares de alta fidelidad solo son por el oído; el azúcar es una exclusiva papilar, y el ambientador olor-a-pi no aspira más que al olfato.)  
Hay diez emociones que combinan dos de los cinco sentidos. (el humo es un objeto olfatovisual, con frecuencia inasabora, que escapa silenciosamente entre los dedos. La televisión es audiovisual, inútil olerla, chuparla o acariciarla. Hay besos delicados que no llegan a salirse del plan tactolfactivo. El sonido del violín es una proeza tactosonora del violinista. La seda es una experiencia tactovisual …)
Las emociones que combinan tres sentidos son también diez. (la audiotactovisual: el papel de celofán multicolor ni sabe, ni huele, pero multiplica la ilusión del efecto “abrir un regalo”. El hojaldre es una agradable categoría tactosonoragustativa de la gastronomía; otra distinta es la olfatogustovisual del inquietante queso azul. Una hoguera es una ancestral experiencia sonorolfactevisual que precede con mucho a la sonorolfactegustativa del fumador pasivo…)
Hay cinco emociones que combinan cuatro sentidos. (Todo menos oler: un cristal de sal. Todo menos sonar: la miel sobre la tostada. Todo menos ver: la brisa marina pierde poco por cerrar los ojos. Todo menos paladear: una mascota de peluche. Todo menos tocar: la enojadora prohibición).  
Y solo existe una combinación que combine los cinco sentidos a la vez. (un buen cava: se mira, se escucha, se huele, se acaricia y, casi enseguida, se degusta la globalidad.)
Cinco de una, diez de dos, diez de tres, cinco de cuatro y una de cinco, o sea, 31 clases de emociones sensoriales. ¿Eso es todo?  Puede matizarse más. El café huele mejor que el sabor que tiene, el pescado tiene mejor sabor que el olor que huele. Lo olfatogustativo puede distinguirse de lo gustolfactivo. El humo puede ser olfactevisual o visualolfactivo, porque de lejos se ve antes de que se huela, y de cerca se huele antes de que se vea.
Si en cada combinación ordenamos los cinco sentidos según su relevancia o calidad, entonces las 31 se convierten en 325 clases. Y si dentro de cada orden se distinguen grados de intensidad, entonces… Cada emoción, como cada ser vivo, solo es idéntica a sí misma, pero cada emoción, también como cada ser vivo, pertenece en una clase, donde la clasificación es, como se sabe bien, una forma de inteligibilidad, una inteligibilidad tan fina como se quiera.
 
Breve teoría de la emoción.
Jorge Wagensberg  

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